martes, 4 de septiembre de 2007

El amor

En el amor hay altibajos, eso lo sabemos todos. Hoy estamos plenamente enamorados y mañana no nos acordamos por qué lo estábamos ayer. Y en esta paradoja reside (creo) la esencia de este sentimiento.

Hablo de ese amor. Sí, de ése. No del filial, del platónico o de otro tipo, sino de ése.

Todos estamos enamorados. Siempre. Es así. A veces pensamos que no, pero ya digo que forma parte de la paradoja de esta pasión. Yo estoy enamorado. Ya he hablado de ello. Y, como todo enamorado, a veces me olvido de que lo estoy.

Llevo más de diez años enamorado de la misma persona, pero en ocasiones esto se me olvida. A veces durante temporadas demasiado largas. Temporadas en las que cometo los errores propios de aquellos que piensan que no están enamorados. Tal vez por ello deba a veces recordarme a mí mismo por qué estoy enamorado.

Sí, hace no mucho lo olvidé. ¿A que no lo adivina? Sí, coincidiendo con mi etapa de divorcio. Es lo que tiene el divorcio, que atrae al desamor. ¿Por qué será? Yo pensaba que lo único que mataba al amor era el matrimonio... bueno, también.

Y es que el amor es como los vampiros, muy fácil de matar (coño, se mueren con el sol, el agua bendita, los crucifijos, ¡hasta el ajo los deja turulatos!... ¿turulatos? ¿de verdad yo he escrito eso?).

Que matemos al amor no significa que dejemos de estar enamorados, ojo. Más bien al contrario, cuando el amor se aleja de nosotros, mayor es la necesidad que tenemos de él. Y es que, -ya lo he dicho, cómo me repito- somos seres sufridores por naturaleza. Cuando el amor se aleja (o se muere) más sentimos la necesidad de enamorarnos. Y, por ello, siempre acabamos estándolo.

Yo estoy enamorado.

Me enamoré primero de una idea. Porque no conoces a las personas cuando te enamoras de ellas, sino de la idea que te haces de ellas. Normalmente el amor no suele vencer la barrera de la realidad.

Después la idea se transformó en entidad. Y en esta ocasión la entidad me enamoró. El amor no aguanta la prueba del tiempo (sí, también el tiempo lo mata) por eso necesitamos renovar constantemente el objeto de nuestro amor. Primero, una idea. Después, una entidad. ¿A qué llamo entidad? Bueno, veamos qué dice el diccionario: “Ente o ser. Lo que constituye la esencia o la forma de una cosa.” De la idea pasamos a la esencia, a la base del sujeto del que en principio formulamos una idea. Que uno se enamore de la idea, no significa necesariamente que después vaya a amar también la entidad. De hecho, en ocasiones, la idea y la entidad son dos cosas tan distintas...

Pero, como digo, hay que renovar el amor o éste muere con el tiempo. De la entidad, pasamos a la potencia. Yo me enamoré de la potencia.

De potencia, dice el diccionario: “Capacidad para ejecutar algo o producir un efecto. Capacidad pasiva para recibir el acto, capacidad de llegar a ser. Aquello que está en calidad de posible y no en acto”.

En efecto, cuando el amor del “presente” empieza agotarse, es decir, el amor a lo que “es”, entonces empezamos a amar a “lo que será”.

Y esta prueba sí que es difícil que el amor la supere. Esta renovación pocas veces es posible, porque normalmente son pocas las personas cuya potencia sea digna de ser amada. La mayoría de las personas tienen un cierto pasado, pero ningún futuro. Miramos a nuestra pareja y pensamos, ¿cuál es la evolución de esta persona? ¿Cómo será mañana? ¿Qué me encontraré junto a mí en el futuro? Y a veces este pensamiento no sólo no enamora, sino que crea auténtico terror.

Yo sí me enamoré de la potencia.

Y fue en esta fase donde empecé a flaquear. Pero es que ésta fase del amor es tremendamente complicada. Eso sí, una vez superada, lo peor ha pasado.

El amor que llega hasta aquí renovándose constantemente, mudando de piel sin sufrir daño alguno, es aquél que tiene visos de llegar a ser eso que llaman “amor para toda la vida”. Hay quien dice que eso no existe, pero todos conocemos parejas de ancianos que llevan juntos decenios amándose como el primer día. ¿Cómo es posible si muchos científicos (con Puncet a la cabeza) estiman que el amor realmente sólo dura unos siete años? Pues porque –y que me perdone la ciencia- se equivocan. El amor puede durar toda la vida, sólo hay que saber renovarlo, estar siempre enamorado, pero no siempre de lo mismo.

Por supuesto que el enamoramiento no dura más de siete años. Si me apuras, ni tres. Por eso cada cierto tiempo, cuando una fase del amor está a punto de agotarse, hay que renovarla.

Yo me enamoré de la idea, después de la entidad y luego de la potencia.

Ahora estoy enamorado de mí mismo.

Sí, he descubierto que la siguiente fase es el “autoenamoramiento”: el objeto del amor deja de ser un futurible ajeno para ser un futurible propio. Te ves a ti mismo, en el presente y en el futuro, tus anhelos, tus sueños, tus esperanzas, todo simbolizado en un único ser, el ser amado.

Ah, y la foto que adjunta este relato... sí, eso es amor para mí.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué pasará después de la potencia?

Jose F. Ortuño dijo...

¿Quién sabe...?