lunes, 31 de diciembre de 2007

Cosas

Resulta curioso lo que da de sí una vida. En los más de 30 años (uf) que llevo yo en el mundo podría decir que apenas he tenido tiempo de hacer nada. Tres décadas y apenas podría citar un puñado de cosas que crea que valgan la pena mencionar (desayunar, por ejemplo, lo hago mucho, pero no cuenta). Casi siempre asociamos los logros de nuestra vida a otros seres humanos, yo soy más de asociarlos a las cosas. Casi siempre han sido cosas, y no personas, las que de alguna manera han motivado mis decisiones y/o acciones.

Cosas como el cine. A este singular arte debo lo que soy y en gran medida lo que seguiré siendo los próximos treinta años a menos que un gran cataclismo destruya todas las películas hechas y por hacerse. Lo aclaro porque si un cataclismo se cargara a la humanidad entera y yo siguiese aquí con todas las películas aún disponibles, francamente, lo mismo ni me enteraba de tal extinción masiva.

Cosas como la música. Otro arte. Por cierto, si el cine es el séptimo, ¿alguien sabe cuáles son los otros seis y el orden que les corresponde? Yo creo que todo el mundo conoce el séptimo (el cine) y el noveno (el cómic) pero, por diez puntos, ¿cuál es el quinto? Bueno, pues la música, pongamos que es el tercer arte, es la otra cosa de la que soy deudor absoluto. Como compositor, y como oyente.

Cosas como internet. Y aquí los conceptos filosóficos ya se me disparan al infinito y como hoy no me siento lo suficientemente pedante mejor no me meto en este bosque. A modo de resumen: resulta que ermitaños como yo, que huimos de todo contacto con el resto de seres sintientes del universo (incluyendo animales y plantas), encontramos en internet el medio perfecto de comunicación para con nuestros iguales. Y no sólo es que me sienta un Enjuto Mojabuto (que lo soy) sin más alma que el teclado y el ratón. Es que con la red el universo se ha expandido hasta límites insondables. No sólo se asoma uno a una ventana (ésta) donde puede explorar el alma de otros seres mucho mejor que la mayoría de contactos físicos naturales, sino que somos capaces de asomarnos al universo (Google Earth, por poner un caso) como si de, en efecto, la ventana de un trasbordador espacial se tratase. Dirán lo que quieran de que esto nos aliena. Yo creo que nos expande. Pero como ya he dicho, mis niveles de pedantería de hoy no están como para extenderme más en este rollo.

Cosas, cosas y más cosas.

Ya ven lo limitada que ha sido mi existencia.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Resumen 2007

Todo el mundo hace balance de un año en los días de su extinción. Y yo no voy a ser menos.

Resulta curioso escribir algo que sé que sólo me interesa a mí (y ni eso) y que sé a ciencia cierta que nadie, absolutamente nadie (ni yo) va a leer nunca. Pero bueno, así practico con el teclado que últimamente ando fatal de pulsaciones.

Hacer balance del año 2007 para mí es hacer balance de uno de los años más fructíferos de toda mi vida. Si no el que más.

Son tres los años que, sin duda alguna, han marcado de manera singular toda mi existencia en este planeta. Uno, el año 1988 (el paso de la niñez a la adolescencia); otro, el año 1995 (el paso de la adolescencia a la madurez) y el último, este año, 2007.

Son muchos los motivos. En el plano personal, aparte de mi divorcio (del cual ya hablé e incluso le dediqué un capítulo) este año ha estado repleto de éxitos (o así lo veo yo ahora, a ver lo que me cuenta la perspectiva del tiempo). Me he comprado un piso (otro); he establecido nuevos vínculos afectivos (por favor, qué pedante suena esto... pero bueno, ¿a quién quiero engañar? ¿no ha quedado ya claro lo pedante que soy?)...

Pero es sobre todo en el plano profesional donde más satisfecho puedo sentirme. En un sólo año he “vendido” el guión de tres largometrajes. Uno en forma de subvención. Y los otros dos a una productora de animación. Además, este arte que siempre me ha fascinado como lo es la animación y que por mi situación geográfica jamás pensé que podría tocar profesionalmente (sólo como espectador) me ha abierto sus puertas en forma no sólo de estas películas, sino a través de un par de series bastante aceptables.

Sin duda ha sido mi paso por la animación lo que más me ha llenado este año, ya que ciertamente en el resto de terrenos sigo como siempre: he escrito y/o dirigido vídeos comerciales, spots publicitarios, una serie de televisión... en fin, lo de siempre.

Otro hito a destacar ha sido la conclusión no de uno, sino de dos documentales. Y la grabación, por fin, de la banda sonora de un cortometraje que me hacía especial ilusión ya que se trataba de mi primera partitura en estilo “western” y para un admirador como yo de Leone (léase, Morricone) poder escribir música con ese peculiar estilo que mezcla guitarras, armónicas, silbidos y banjos ha sido mucho más que un gustazo.


En fin, un año para recordar, de esos que permanecerán durante mucho tiempo en la memoria. A menos que el próximo sea aún mejor.


Ya veremos...

lunes, 10 de diciembre de 2007

Fin de rodaje

Recientemente he terminado el rodaje de un documental. Otro. Y van...

Pero éste me ha parecido especialmente interesante, para empezar, porque suponía el reencuentro con algunos compañeros con los que hacía tiempo no trabajaba y me apetecía volver a hacerlo, pero también por la gente nueva que he conocido.

En el terreno de los conocidos están el guionista, uno de mis mejores amigos desde hace ya doce años. ¡Doce años! Dios, qué viejo me siento cuando me pongo a recapitular con este tipo de cosas. Así que, si se trata como digo de uno de mis mejores amigos, mejor no ahondar en su tarea puesto que todo serán parabienes. Obviamente.

Otro gran amigo con el que hacía tiempo que no coincidía profesionalmente era el director de fotografía. Un tipo tan culto e interesante como entrañable. Un gran profesional con el que espero seguir coincidiendo en futuros trabajos. Con él ya había trabajado anteriormente y, la verdad, ha sido un gustazo volver a hacerlo.

Los productores también son viejos conocidos y amigos. De hecho, me gustaría trabajar más a menudo con ellos, ya que lo hago muy a gusto. Por cierto, la última banda sonora de la que ya hablé aquí la hice para ellos. Y ahí también me explayé en parabienes. Si es que, en el fondo, soy un meloso...

Notarás que evito dar nombres. Sí, no he pedido permiso a nadie para poner sus nombres en la web, así que, ¿para qué?

En el terreno de los nuevos hallazgos he de destacar a la ayudante de producción, una chica alemana que, como su idiosincrasia obliga, era la mar de puntual, profesional y... encantadora. Sí, una chica tan agradable como rigurosa en su trabajo. De hecho, a la mitad del rodaje el equipo de producción cambió (por un traslado geográfico). Y el cambio se notó bastante... para mal. El rigor, profesionalidad, tenacidad y disciplina que ella había instaurado en el rodaje desapareció casi por completo. Y también la frescura, vitalidad y alegría que ella insuflaba. En fin, no se puede tener todo.

No tan bien me fue con el jefe de sonido, que si bien su trabajo lo hacía profesionalmente no se puede decir lo mismo de su actitud personal. Impuntual por naturaleza, hacía que el pobre chico encargado de las recogidas tuviera que quedar con él siempre, como mínimo, con media hora de antelación. A veces me tocaba a mí ser recogido antes y fui testigo de las muchas esperas en la puerta de su casa. Francamente, en el futuro evitaré volver a trabajar con una persona así.

Hace un par de semanas se emitió en televisión el anterior documental que dirigí y que, la verdad sea dicha, me quedó la mar de mono (¿qué clase de adjetivación es ésta para un documental? Si no me entiendo ni yo...). Espero que éste, cuando esté montado y acabadito, quede igual o mejor, que la ocasión y mis pagadores lo merecen. Aunque, por lo pronto (y como suele suceder en este oficio) algunas de mis primeras ideas no han acabado de calar mucho entre el equipo. Bueno, al menos, no en los productores ejecutivos. Pero ya se sabe, ¿qué sería de un buen productor si no frunce el entrecejo ante las descabelladas ideas de estos tipos que se creen artistas cuando lo único que hacen es decir “acción” y “corten” mientras el resto –fotógrafos, sonidistas, maquilladores, etc- se lo ponen todo por delante?

Pues nada, intentaré pelear esas ideas y, si no cuelan, pues al saco. Ya las reciclaré en futuros proyectos.

Si es que no hay nada más bueno para el medio ambiente que reciclar. Y para los “artistas”, ni te cuento.

Un momento del rodaje

viernes, 30 de noviembre de 2007

Palomita Mía

Mi primera banda sonora sinfónica fue para el cortometraje de animación "Palomita Mía". Antes había trabajado con pequeñas formaciones, la mayor parte de las veces bastante lamentables y ésta fue la primera oportunidad que tuve de poder desempeñar de forma profesional aquello para lo que llevaba toda mi vida preparándome. Componer para una orquesta sinfónica y dos coros fue sin duda una experiencia por un lado apabullante, ya que por primera vez iba a oír la música tal y como había sido concebida (y no interpretada por una máquina) y por otro lado, agotadora, ya que sacar adelante el proyecto fue bastante duro.

Varias fueron las personas que hicieron posible que la experiencia no sólo acabase saliendo bien, sino que me sienta bastante orgulloso del resultado: Pedro Vázquez, director de la orquesta, un tipo no sólo muy simpático sino un profesional impagable. Supo entender a la perfección la música que yo había escrito y darle una vida que ni yo mismo me podía imaginar fuera posible. Por otro lado, JJ Montero, que es quien convenció tanto a Pedro como a la orquesta para que se embarcasen en este proyecto. Y, por supuesto, el director del cortometraje, Jorge Laplace, que confió en mí para la titánica tarea de componer y orquestar una banda sonora tan compleja.

¿Pegas? Pues, fundamentalmente, dos. Por un lado, el coro de voces adultas que se consiguió era totalmente amateur y, de hecho, no se pudo usar el 90% de lo que se grabó con ellos. Una pena. Por otro lado, el ingeniero de sonido encargado de la grabación nunca estuvo muy por la labor de poner de su parte todo lo que se esperaba. Lo hizo sin ganas, sin creer nada en lo que estábamos haciendo y, la verdad, creo que eso se nota. De hecho, he grabado otros trabajos menores que suenan bastante mejor en sus mezclas finales que este trabajo en el que tanto esfuerzo pusieron otros implicados.

El resultado no sólo contentó a todos, sino que obtuvo un premio a la mejor banda sonora europea de larga duracióm. Un trabajo en el que pusimos toda nuestra alma y que, además, para mí supuso una puerta abierta a otros trabajos musicales de gran envergadura.

Pero eso es otra historia...

domingo, 11 de noviembre de 2007

Within Temptation

La tentación interna es uno de esos grupos de rock siniestro gótico sinfónico o como coño se le llame a esto. La cuestión es que este tipo de música ha florecido en los últimos años de una manera realmente portentosa. Resulta curioso que una música tan ecléctica encuentre una aceptación tan mayoritaria. Personalmente, a día de hoy, Within Temptation son mis favoritos en esta tendencia, aunque siempre he admirado mucho a Nightwish. Igual que esa patochada de Evanescence me parece una absoluta tomadura de pelo.
Overcome (puedes escucharla más abajo), Memories, The truth Beneath the Rose, Forgiven, Our Solemn Hour o The Cross son auténticas maravillas musicales a destacar de entre las muchas joyitas que este grupo ha ido dejando a lo largo de los años (muchos ya) que lleva en el panorama musical.

miércoles, 10 de octubre de 2007

El árbol seco

"El árbol seco" es el título del último cortometraje para el que he trabajado como compositor. Una experiencia de lo más interesante ya que, aunque el cortometraje no se ajusta religiosamente al género conocido como western, tanto en el look como en el aspecto final los autores quisieron darle un tono de western que fue lo que me atrajo especialmente a trabajar en este proyecto tan curioso.

En efecto, tuve que componer música al estilo de las viejas películas del oeste (y no tan viejas, películas como "Rápida y mortal" siguen el mismo espíritu). Y para mí, fan incondicional de los westerns de Leone (de hecho, los únicos westerns que aguanto con agrado) fue una gozada. Las referencias a Morricone, la orquestación a base de instrumentos tan curiosos com la armónica o el banjo o poder contar de nuevo con Pedro Vázquez como director de orquesta fueron los ingredientes que han hecho de ésta una experiencia inolvidable.

El tema que viene a continuación se grabó pero, finalmente, no se ha usado en el cortometraje, de manera que lo publico aquí como medio para que vea la luz por algún lado. El resto, para escucharlo, a ver "El árbol seco".

jueves, 13 de septiembre de 2007

Max Sauco

El descubrimiento reciente del artista ruso Max Sauco ha hecho que me pregunte por qué determinados artistas aparecen de la noche a la mañana en el panorama internacional, cobrando una importancia inusitada, mientras otros muchos –en ocasiones de igual o más valía- permanecen eternamente anónimos.

Max Sauco es un auténtico genio. No lo pongo en duda. Y evidentemente merece el reconocimiento que se le está brindando en los últimos meses, en los que uno no puede dar un paso sin encontrarse una de sus extravagantes composiciones, y eso que el surrealismo que este autor pone en práctica ya lo desarrollaron hasta el extremo artistas como Dalí u Oscar Domínguez... o Magritte, aunque a mí este último nunca me ha entusiasmado, la verdad.

Pero es que ese surrealismo estilizado, fino y visualmente manierista es tan agradable a la vista que se convierte fácilmente en arte popular.

Sin embargo, ¿por qué jamás se ha manifestado el mismo aprecio a la obra de un autor mucho más audaz, extremo, sincero y poderoso como Jan Saudek? ¿Tal vez es demasiado audaz, extremo, sincero y poderoso para el gran público? A mí, personalmente, me parece mucho más digno de loa que Sauco... y vuelvo a reconocer, para que quede claro, que admiro la obra del ruso.

Para que juzguen ustedes mismos, les propongo algunas obras de ambos autores.

MAX SAUCO

JAN SAUDEK

martes, 4 de septiembre de 2007

El amor

En el amor hay altibajos, eso lo sabemos todos. Hoy estamos plenamente enamorados y mañana no nos acordamos por qué lo estábamos ayer. Y en esta paradoja reside (creo) la esencia de este sentimiento.

Hablo de ese amor. Sí, de ése. No del filial, del platónico o de otro tipo, sino de ése.

Todos estamos enamorados. Siempre. Es así. A veces pensamos que no, pero ya digo que forma parte de la paradoja de esta pasión. Yo estoy enamorado. Ya he hablado de ello. Y, como todo enamorado, a veces me olvido de que lo estoy.

Llevo más de diez años enamorado de la misma persona, pero en ocasiones esto se me olvida. A veces durante temporadas demasiado largas. Temporadas en las que cometo los errores propios de aquellos que piensan que no están enamorados. Tal vez por ello deba a veces recordarme a mí mismo por qué estoy enamorado.

Sí, hace no mucho lo olvidé. ¿A que no lo adivina? Sí, coincidiendo con mi etapa de divorcio. Es lo que tiene el divorcio, que atrae al desamor. ¿Por qué será? Yo pensaba que lo único que mataba al amor era el matrimonio... bueno, también.

Y es que el amor es como los vampiros, muy fácil de matar (coño, se mueren con el sol, el agua bendita, los crucifijos, ¡hasta el ajo los deja turulatos!... ¿turulatos? ¿de verdad yo he escrito eso?).

Que matemos al amor no significa que dejemos de estar enamorados, ojo. Más bien al contrario, cuando el amor se aleja de nosotros, mayor es la necesidad que tenemos de él. Y es que, -ya lo he dicho, cómo me repito- somos seres sufridores por naturaleza. Cuando el amor se aleja (o se muere) más sentimos la necesidad de enamorarnos. Y, por ello, siempre acabamos estándolo.

Yo estoy enamorado.

Me enamoré primero de una idea. Porque no conoces a las personas cuando te enamoras de ellas, sino de la idea que te haces de ellas. Normalmente el amor no suele vencer la barrera de la realidad.

Después la idea se transformó en entidad. Y en esta ocasión la entidad me enamoró. El amor no aguanta la prueba del tiempo (sí, también el tiempo lo mata) por eso necesitamos renovar constantemente el objeto de nuestro amor. Primero, una idea. Después, una entidad. ¿A qué llamo entidad? Bueno, veamos qué dice el diccionario: “Ente o ser. Lo que constituye la esencia o la forma de una cosa.” De la idea pasamos a la esencia, a la base del sujeto del que en principio formulamos una idea. Que uno se enamore de la idea, no significa necesariamente que después vaya a amar también la entidad. De hecho, en ocasiones, la idea y la entidad son dos cosas tan distintas...

Pero, como digo, hay que renovar el amor o éste muere con el tiempo. De la entidad, pasamos a la potencia. Yo me enamoré de la potencia.

De potencia, dice el diccionario: “Capacidad para ejecutar algo o producir un efecto. Capacidad pasiva para recibir el acto, capacidad de llegar a ser. Aquello que está en calidad de posible y no en acto”.

En efecto, cuando el amor del “presente” empieza agotarse, es decir, el amor a lo que “es”, entonces empezamos a amar a “lo que será”.

Y esta prueba sí que es difícil que el amor la supere. Esta renovación pocas veces es posible, porque normalmente son pocas las personas cuya potencia sea digna de ser amada. La mayoría de las personas tienen un cierto pasado, pero ningún futuro. Miramos a nuestra pareja y pensamos, ¿cuál es la evolución de esta persona? ¿Cómo será mañana? ¿Qué me encontraré junto a mí en el futuro? Y a veces este pensamiento no sólo no enamora, sino que crea auténtico terror.

Yo sí me enamoré de la potencia.

Y fue en esta fase donde empecé a flaquear. Pero es que ésta fase del amor es tremendamente complicada. Eso sí, una vez superada, lo peor ha pasado.

El amor que llega hasta aquí renovándose constantemente, mudando de piel sin sufrir daño alguno, es aquél que tiene visos de llegar a ser eso que llaman “amor para toda la vida”. Hay quien dice que eso no existe, pero todos conocemos parejas de ancianos que llevan juntos decenios amándose como el primer día. ¿Cómo es posible si muchos científicos (con Puncet a la cabeza) estiman que el amor realmente sólo dura unos siete años? Pues porque –y que me perdone la ciencia- se equivocan. El amor puede durar toda la vida, sólo hay que saber renovarlo, estar siempre enamorado, pero no siempre de lo mismo.

Por supuesto que el enamoramiento no dura más de siete años. Si me apuras, ni tres. Por eso cada cierto tiempo, cuando una fase del amor está a punto de agotarse, hay que renovarla.

Yo me enamoré de la idea, después de la entidad y luego de la potencia.

Ahora estoy enamorado de mí mismo.

Sí, he descubierto que la siguiente fase es el “autoenamoramiento”: el objeto del amor deja de ser un futurible ajeno para ser un futurible propio. Te ves a ti mismo, en el presente y en el futuro, tus anhelos, tus sueños, tus esperanzas, todo simbolizado en un único ser, el ser amado.

Ah, y la foto que adjunta este relato... sí, eso es amor para mí.

domingo, 26 de agosto de 2007

sábado, 25 de agosto de 2007

Animación

Desde siempre me ha fascinado la animación. Es normal crecer viendo dibujos animados, pero igualmente normal es abandonarlos al llegar a la supuesta edad adulta. Un error que cometen muchas personas.

Peor para ellos.

Francamente, en ocasiones pienso que actualmente el mejor cine que se hace no se rueda, sino que se dibuja. Son muchos los cineastas que emplean actualmente la animación como medio de transmisión de sus narraciones, y algunos con resultados tan impresionantes que dejan en bragas a su hermanos los de la “acción real”.

Mis favoritos en este campo, actualmente, son:

Satoshi Kon. Para mi gusto, el mejor a día de hoy. “Perfect Blue” (ensayo de las que después serán sus grandes obsesiones, como el borroso límite entre la realidad objetiva, la soñada, la imaginada y la creada por el cine); “Memories” (un filme compuesto por tres mediometrajes de los que, con diferencia, el mejor de todos es el escrito por Kon); “Millenium Actress” (un paso adelante en el retrato del mundo interior del cineasta que empezase a dibujar en “Perfect Blue”); “Tokyo Godfathers” (la más distante en planteamientos al resto de su obra aunque conservando constantes de su personalidad como la excelente escena del sueño de la protagonista); “Paranoia Agent” (su gran obra maestra, claro que en 13 episodios de media hora bien tiene el tiempo suficiente para desarrollar y profundizar en todos los temas que hasta la fecha sólo había podido tratar superficialmente en sus películas) y “Paprika” (sumario de toda su filmografía con algunos nuevos hallazgos y reflexiones).

Isao Takahata. Eso sí, sólo por su gran obra maestra, “La tumba de las luciérnagas”, ya que para mi gusto sus grandes hits como “Heidi” o “Marco” no dejan de ser melodramas bien resueltos.

Hayao Miyazaki. Aunque comparto el gusto de todo el planeta por su “El viaje de Chihiro”, creo que este autor tiene obras mucho más destacables como “El Castillo en el Cielo” o “El Castillo Ambulante”.

John Lasseter. El culpable de que en occidente ya no se hagan películas de animación tradicional y hasta Disney haya renegado del 2-D. Personalmente, me quedo con sus cortos aunque sus largometrajes son tan fascinantes como mundialmente reconocidos, sobre todo por sus soberbios guiones (el de “Toy Story 2” es digno de museo).

Shinichiro Watanabe. Aunque reconozco que sus obras más personales como “Cowboy Bebop” me parecen excelentes, es un cortometraje de encargo el que me dejó maravillado hasta el punto de, a día de hoy, ser mi cortometraje de animación favorito: “Kid’s Story”, impresionante tanto técnicamente (la animación es de lujo) como filosóficamente (de todo lo que ha dado de sí “Matrix”, este corto es su mejor exponente ideológico).

Katsuhiro Otomo. Con “Akira” revolucionó occidente haciéndonos descubrir el manga japonés. Pero ya había trabajado antes en obras notables como “Robot Carnival” o después en su formidable “Steamboy”.

Tim Burton. Si alguien piensa en animación con muñecos, sólo puede acordarse de él. “Vincent” fue su primer trabajo, y el borrador de lo que después serían la primero infravalorada y después sobrevalorada “Pesadilla antes de Navidad” y la soberbia “La Novia Cadáver”.

Mamoru Oshii. “Ghost in the Shell” fue la película que inspiraría toda la ciencia ficción posterior en occidente (desde “Matrix” –y sus copiadores, que en realidad copian la película de Oshii- a “El indomable Will Hunting” pasando por “Star Trek: Némesis”) pero este japonés tiene en su haber otras obras monumentales como “Innocence”, la secuela de “GITS” o “Blood: el último vampiro”, en la que ejerció como productor.

Sylvain Chomet. Su más que notable "Bienvenidos a Belleville" supuso su consagración tras el excelente cortometraje "La Vieille dame et les pigeons", y ahora tiene pendiente de estreno "The illusionist". Pero para verla habrá que esperar al 2009. Una pena.

martes, 21 de agosto de 2007

Objetos significantes en el cine

No hay mejor que guión que aquel que trata acerca de una escobilla del váter. Bueno, o acerca de una sombrilla verde menta. O acerca de una tostadora abollada. Los objetos en el cine son mágicos y desprenden en ocasiones más magia que las propias personas.

Lucky Mackee es uno de esos cineastas que, como Kim Ki-Duk, lo sabe y lo aprovecha al máximo. Los objetos en las obras de estos (y muchos otros) cineastas adquieren una identidad de alter ego de los personajes humanos de una película. En “Hierro 3” son las pelotas y palos de golf, en “El arco” el arco (claro). En “May” es una muñeca la que refleja el estado global del personaje protagonista: si la muñeca se rompe, la protagonista está rota; si la muñeca se ensucia... si la muñeca desaparece... si la muñeca... no hay nada más atractivo a la hora de caracterizar el estado interior de un personaje que usar un objeto para reflejar ese estado. En su capítulo de “Masters of horror” Mackee usaba una almohada para simbolizar a la chica protagonista. De esa manera vemos la almohada limpia y reluciente, por los suelos, rota... según quiera mostrar que la chica está por los suelos, rota...

El cine es imagen y muchas veces lo olvidamos y ponemos a los personajes a “contarnos” sus estados interiores:
- Oh, me siento como rota por dentro...
Puaj. Rompamos su “objeto significante” y la estaremos rompiendo a ella, de forma literal, ante los ojos del espectador. Ésa es una de las maravillas del cine, que es capaz de mostrar cosas que en la vida real nos sería imposible percibir (a menos que tuviéramos rayos X en los ojos).

Para que un objeto signifique a un personaje (o a varios, o a lo que nos dé la gana) debemos sembrar bien este hecho en el primer acto. Mostrar con detalle al menos en tres ocasiones que objeto y personaje son la misma cosa, con cuidado de no caer en lo obvio y evidente pero sí en la claridad inequívoca. Para ello saquemos siempre el al objeto y luego al personaje (por ejemplo, si el objeto aparece visto en picado y a continuación el personaje es visto en picado, por poner un caso poco imaginativo pero no ando hoy muy inspirado). Si hacemos esto tres veces a la cuarta ya no necesitaremos enlazar objeto y personaje, sino que directamente cada vez que el espectador vea el objeto, inconscientemente, estará viendo al personaje.

En la serie “Hospital Kingdom” el Doctor Stegman “es” su coche (el coche, un objeto habitual para identificar a ciertos personajes, especialmente masculinos). En “Frida” la protagonista “es” su cama. En “Hasta que llegó su hora” el personaje Armónica es... su armónica, claro.

Así funciona el lenguaje del cine: A + B = C. Ésta fórmula de Eisenstein que no me canso de repetir vuelve a ser la base de esta técnica, en este caso A es el personaje y B es el objeto y por tanto A = B. Esto te da una libertad creativa tremenda pudiendo sustituir a lo largo del relato A por B y viceversa y tener más variedad de planteamientos (en lugar de andar siempre machacando al personaje, de vez en cuando podrás machar a su objeto identificativo).

miércoles, 15 de agosto de 2007

Las virtudes de un profesor

¿Quién no querría ser profesor? Lo que en otros representan pecados capitales en el profesor son virtudes. A saber:

Afán de dominación. El profesor debe dominar, imponerse sobre otros, es una cualidad que se le exige y que debe mantener del primer al último segundo de su reinado en el reino del aula.

El orgullo. El profesor debe ser orgulloso.

La inmodestia. El mejor profesor es aquel que practica la inmodestia, para ser respetado por aquellos que debe dominar y no ser tomado a chufla por éstos el profesor debe, cuanto menos, aparentar ser mejor de lo que es.

Hablar y hablar. El profesor habla y es escuchado, a la fuerza. A él se le exige hablar, a los otros que le escuchen. Y no sólo eso, sino lo que en la vida normal es inconcebible: a los otros se les obliga a escuchar con atención.

Superioridad. El profesor debe ser un ser superior. Y si no lo es, parecerlo.

Vanidad. Un profesor debe ser vanidoso. Pues es contemplado, como un actor, por un público. Y ay del profesor que no sea vanidoso y cuide su ego, pues su inseguridad ante el más exigente de los públicos (el alumnado) le hará perder las otras cualidades antes enumeradas.

Controlador. El profesor debe controlar. Lo que en el mundo normal nadie permitiría, en el reino independiente del aula es obligatorio. Debe haber un dominador y un dominado. Indefectiblemente.

Desobediencia. El profesor no está obligado a obedecer, y sí a que le obedezcan.

Y ojo, si por casualidad el profesor perdiera o renunciase a cualquiera de estas cualidades virtuosas, dejaría de ser llamado buen profesor. Sería mediocre y, en el peor de los casos, perdería este importante puesto. Cuanto más ostente y haga ostentación de ellas, más valorado y respetado como profesor será. Así es el reino independiente de las aulas.

Pero cuidado, que no es lo mismo ser profesor que maestro. A un maestro se le suponen unas virtudes bien distintas de las enumeradas anteriormente. Pero de ellas hablaré en otra ocasión. Si me acuerdo.

Así pues, ¿quién no querría ser profesor?

domingo, 12 de agosto de 2007

La muerte de la familia

Ya he hablado de la familia, pero no he dado aún mi opinión al respecto. ¿Por qué? Pues porque sé que a usted, amable lector, mi opinión le importa un pimiento.

Aún así, y a riesgo de ahuyentarle... aunque, ¿qué hace usted aquí?

El caso es que lo que viene a continuación es mi exposición sobre el que tal vez sea uno de los mayores parásitos de nuestra sociedad: la familia.

Sólo observar la enconada defensa que de esta institución (sí, llamémosla por lo que es, una institución, igual que hacienda o el ejército) hacen los sistemas conservadores y opresores ya le hace a uno estar alerta. En efecto, piense en el sistema político que piense digno de figurar en cualquier museo de los Horrores Históricos (de Francisco Franco a George W. Bush) siempre encontrará que se sustenta en dos pilares fundamentales y ambos altamente nocivos: la familia, y Dios.

Sobre Dios no me voy a explayar porque no merece la pena dedicar energías a una falacia que se cobra, se ha cobrado y se seguirá cobrando millones de vidas y que a pesar de que grandes pensadores como Nietzsche ya lo mataron, siguen pugnando desde su lecho de muerte por controlar la vida de los seres humanos. Resulta curioso que la Humanidad entera esté en manos, lo queramos o no, de Dios, Santa Claus, Ronald McDonald y Mickey Mouse. ¿Algún día depositaremos nuestros valores en seres tangibles?

Otra entidad intangible y, si cabe, aún más siniestra en la que nos apoyamos es la familia. ¿Cómo inculcar el conformismo y el inmovilismo en el ser humano sin levantar sospechas? Nada mejor que basar todas las creencias, ya sean religiosas o de cualquier tipo, en la tradición familiar. ¿Por qué nos casamos? ¿Por qué estudiamos, buscamos un trabajo...? Todo lo hacemos por la familia, por esa entidad teocrática que llevamos sobre nuestros hombros desde que nacemos hasta que nos morimos y que nos inculca desde el propio nacimiento los pensamientos y dogmas que deben hacernos “hombres y mujeres de provecho”.

Y no sólo se trata de ser médico, porque tu padre es médico y tu abuelo lo fue antes. Ése es el mal menor. No hablo de casarte con esa persona que tus familiares aprueban, ni siquiera de tener que convivir con tu abuela porque la pobre ya no se vale por sí misma (o eso creemos) y sus últimos años en la Tierra los debe pasar amargándonos la existencia. Hablo del colegio en el que estudiaste, ése que “tus padres” eligieron (tal vez fueron tus abuelos o tus tíos, la analogía es válida para cualquier tipo de familia, entendiéndose como Familia en el término más general ya sea monoparental o multiparental). Cuando no eres nadie, un crío cuyo pensamiento y modo de ver la vida se está formando, son otros (tu familia) los que eligen el camino, la senda que para siempre formará tu concepción del mundo. Si lo hacen “bien” (vamos, si no se les ve el plumero) tu pensamiento casará con el de ellos, serás una pieza más del engranaje, uno miembro más de la casta, un eslabón de la cadena, un ente familiar sin individualidad, sólo determinado por aquel clan, casta o “familia” al que pertenece. Si lo hacen “mal”, el fruto de ello será la rebeldía, el alejamiento de las pautas inculcadas por la familia. En este caso, igualmente, están determinando el pensamiento del vástago.

Tratan de imponerte algo, y dependiendo de cómo lo hagan, lo aceptarás o no. En ambos casos, estás a su merced. Si lo hacen bien, seguirás su senda, si lo hacen mal, te alejarás de ella. En ambos casos tu capacidad de elección está mermada por las acciones de otros (la familia). Crees que puedes elegir, que eres un ser libre, pero realmente sólo serás libre para darte cuenta de que la libertad no existe. Todo lo que eres está determinado no por ti, sino por las manos que te moldean. Y los seres superiores, aquellos que quieren moldearte, no usarán sus propias manos para darte forma, sino que usarán las de tu familia.

Son esos demiurgos los que nos dicen “la base de la sociedad es la familia”. Echa un vistazo a la mierda de sociedad en la que vives y verás que, por una vez, esos demiurgos tienen la razón. Y por eso mismo debemos destruir, por encima de las demás instituciones, a la Familia.

Y después les tocaría a los demás: desde Dios a Santa Claus.

La realidad

Dos de las últimas películas que he visto, de autores tan dispares como Satoshi Kon (japonés) y Richard Linklater (estadounidense) siguen en la línea de la que tanto he venido hablando últimamente y profundizan, cada una de manera totalmente distinta a la otra, sobre las mismas premisas: ¿a qué llamamos realidad en un mundo donde toda la realidad la vivimos sentados? Estas películas son “Paprika” y “Waking Life”.

En efecto, el ser humano siempre ha sido acompañado por sus sueños, esa realidad paralela que nos acompaña durante toda nuestra existencia. Y si ya sólo esta ventana a un mundo alternativo es suficiente para hacernos replantear los cimientos de la propia realidad, en la sociedad actual existen numerosas ventanas a nuevas realidades. Primero llegó la fotografía, que por primera vez capturaba la realidad y la embotellaba, detenía el tiempo, luego llegó el cine que no sólo capturaba el tiempo sino que nos permitía esculpir en el mismo (Tarkovsky dixit). Luego vendrían los video juegos, donde además de espectadores de esas realidades alternativas podíamos mínimamente participar de las mismas, luego la ya propiamente llamada “realidad virtual” que la verdad es que nunca ha tenido mucho éxito y, finalmente, internet, donde el concepto mismo de realidad virtual se hace caduco por la inmensidad de posibilidades que este nuevo medio ofrece al ser humano.

Así las cosas, estamos en una nueva generación donde una persona podría pasarse sentada toda su vida y vivir aventuras increíbles, conocer cada rincón del planeta, tener millones de amigos, un amante en cada continente y cosas que ahora mismo ni mi imaginación es capaz de aventurar... y todo sin levantarse del asiento.

De hecho, en Japón va camino de ser pandémico el número de casos de jóvenes que se encierran en su habitación y no salen nunca más.

Es normal, pues, que en este contexto la intelectualidad artística se preocupe cada vez más de explorar esa fina línea que separa el mundo objetivo (con límites cada vez más borrosos) de esas otras realidades.

Deje que le ponga un ejemplo, ¿cuántas veces no hemos dicho “eso lo hice realmente o soñé que lo hice”? En ocasiones se nos hace difícil distinguir lo que hemos hecho en el mundo objetivo de lo que hicimos en sueños. Más aún, ¿y si no lo soñé, sino que lo vi en una película... o en un video juego... o en internet? En el momento en que las cosas dejan de estar en presente (presente, el tiempo que no existe, pero ya hablaré de ello, si me acuerdo) pertenecen al mundo de los recuerdos, donde permanecerán para siempre. Pues nada perdura en el presente, sino que se pasa toda su existencia en el pasado. Si las cosas viven eternamente en el reino de los recuerdos, ¿qué importancia tiene, pues, que esos hechos tuviesen lugar en una u otra realidad? A fin de cuentas, ambas realidades son igualmente frágiles, pues no permanecen, sino que se evaporan de la realidad para permanecer por siempre en la mente en forma de memoria o recuerdo, y además, la mayor parte de las veces distorsionado.

Si hacemos un crucero de lujo, este hecho en sí durará unos días. Pero su recuerdo permanecerá en nuestra mente para siempre. ¿Por qué hacemos, pues, el crucero? ¿Por disfrutar esos días de él, si es que realmente disfrutamos de algo cuando todo, absolutamente todo, se escabulle de nuestras manos en la marea del tiempo, que implacablemente (como los Langoliers de Stephen King) lo devora todo y lo destruye para siempre, o bien para recordarlo el resto de nuestra vida? Evidentemente, casi todo lo que nos gusta, nos place sobre todo cuando lo recordamos, mucho más que cuando lo vivimos en presente.

Así pues, ¿qué importa si esas cosas tuvieron lugar en una u otra realidad si permanecen de la misma manera en nuestra mente? Phillip K. Dick, como ya he dicho, se ha vuelto a poner de moda porque fue uno de los escritores que más profusamente y con mayor acierto habló de todo esto. A fin de cuentas, el ejemplo del crucero que yo he puesto no difiere mucho del argumento de su novela “We Can Remember It For You Wholesale”, luego travestida en la película “Total Recall” (“Desafío total”, ¿se puede desvirtuar más un título?).

De los dos filmes de los que parto para soltar este rollo me quedo, con diferencia, con “Paprika”, mucho más honesta, menos pedante y tremendamente más divertida. A fin de cuentas, su autor lleva muchos años explorando estos temas y “Paprika” es como una especie de saco de conclusiones de sus anteriores trabajos. No es casualidad que al final de “Paprika” veamos de forma poco sutil los carteles de todas sus anteriores películas. “Paprika” es un mosaico de todas ellas, pero yo creo que con la obra de Kon que más enlaza es precisamente con la que no aparece en esa cartelería: “Paranoia Agent”, una serie de animación de 13 episodios en los que explora tanto en la temática como en la estética que después servirán de base para esta nueva cinta.

Aún así, “Waking Life” también es una película tremendamente interesante y recomendable, donde también su autor ensaya tanto en temática como en estética (la técnica de animación rotoscópica que aquí utiliza volverá a aparecer con mejores resultados en su “A scanner darkly”... también basada en un relato de Phillip K. Dick).

Prohibido perdérselas.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Planet Terror

Pues la verdad, yo no le veo a esta película ni el sentido ni la gracia. ¿Gastarse una pasta en conseguir que una peli luzca como si estuviera hecha con dos duros? ¿Y por qué no la hacen directamente con dos duros? Es decir, en vez de contratar cuarenta empresas de efectos especiales en hacer que el fotograma esté rallado (por ejemplo), ¿por qué no ruedan directamente con cámaras cutres y película estropeada? Ah, claro, se me olvidaba, que entonces se corre el riesgo de que la película no se vea bien. ¿¡Pues no es lo que se busca!? Sí, pero claro, recordemos que eso es arriesgado y esto es Weinstein Company, no la Troma. Entonces no queráis ser la Troma porque, simplemente, ni lo sois, ni lo seréis nunca.

Es como el señor multimillonario que se viste de pobre y sale a la calle a ver cómo es el mundo de los pobres. Pero eso sí, con un fajo de billetes en el bolsillo... por si acaso. Pues ese tipo nunca sabrá lo que es de verdad la experiencia del riesgo, de vivir sin un duro en el bolsillo, de andar con lo puesto, sin saber qué pasará mañana... porque él sabe muy bien que mañana dormirá de nuevo en sus sábanas de seda.


La película no tiene nada de genuino, es una mala copia (o intento de copia) de un espíritu asociado a una sociedad que ya no existe en un contexto histórico ya caduco que hicieron unos cineastas sin dinero pero con ideas para solventar este problema... cosa que esta gente no tiene ni ha tenido. ¿Qué sentido tiene ponerle a una película de estudio la careta de serie Z? ¡La serie Z es precisamente eso porque es lo opuesto al cine de estudio!


Si, como hacián los cineastas de terror de bajo presupuesto de los 80 (como Sam Raimi), Rodriguez hubiera cogido de verdad una camarita prestada, unos amiguetes que no cobran y se hubiera ido durante los fines de semana de un par de años de su vida a rodar al campo sin un duro en el bolsillo... todavía.


Pero es que eso es imposible, jamás sucederá porque Rodríguez es un pijo multimillonario que quiere jugar a volver a ser un adolescente arruinado pero con mucho talento, energía y ganas de comerse el mundo.


Pues lo siento, pero Rodríguez ya se comió el mundo hace tiempo... y se le ha indigestado.

lunes, 6 de agosto de 2007

La profesión de guionista: Teoría y práctica del guión de otro.

La realidad del mercado es bien diferente de lo que te imaginas a priori. Pocas veces un guión que salga íntegramente de la cabeza de un guionista se hace realidad (salvo que ese guionista se llame David Koepp Y aún así también ha tenido que currárselo).

Lo normal, siento decírtelo, es que las ideas sean de otro. Si envías tu obra a una productora es posible que ese guión sirva para que se fijen en ti, en que tienes capacidades, y a lo mejor levantan el teléfono para llamarte… y que escribas otra cosa.

Es habitual que los guiones sean de encargo. Un productor, por ejemplo, quiere hacer una película sobre tal o cual tema (normalmente estos temas suelen estar relacionados con la temática de la última película que hizo un millón de espectadores en taquilla), llama a uno o varios guionistas y les pide que realicen un guión que se ajuste a unos cánones establecidos por él.

Estos cánones pueden ir de lo más general (escribe sobre adolescentes marginados) a lo más particular (una descripción paso a paso de la trama). El primer caso, en contra de lo que pueda parecer, es mucho más complejo que el segundo. A fin de cuentas, en el segundo ya te están dando la película casi hecha. Por ello, detengámonos primero en este segundo caso. He aquí algunos consejos útiles de parte de alguien que lleva la mitad de su vida escribiendo las historias de otro:

Lo normal cuando alguien que no dedica su vida a escribir te cuenta “una historia” y te paga para que la conviertas en un guión cinematográfico es que dicha historia sea infumable. Y eso con suerte. Primer consejo: nunca se lo digamos. La tentación es grande, pero hay que vencerla. Y no digo sólo literalmente en plan “Vaya mierda de historia, ¿la ha pensado o la ha cagado?”. Me refiero a esas miradas de soslayo y a esos “Bueno… no sé…”. Con esto sólo conseguirás que empiece a barajar nombres de otros guionistas. Así que, a menos que quieras perder el trabajo, éste es el primer consejo: Te encanta la historia. Es lo mejor que has escuchado nunca. Y te mueres de ganas por ponerte a escribirla.

Presta atención a los detalles. Son la clave. Si el productor te dice que tendría gracia que el protagonista se tropezara con una fotocopiadora, tu protagonista, ineludiblemente, debe chocar con la fotocopiadora. Aunque el comentario sea trivial y no te esté “obligando” a meter esos detalles, mételos. Te garantizarán mucha más libertad que si no los introduces. Que tu protagonista tropiece con la fotocopiadora te permitirá que en la página siguiente puedas hacer que se chute heroína en la función escolar de su hija de 6 años (si es eso lo que quieres). Las razones de que esto sea así son evidentes.

Lo primero, escribe la historia tal y como te la han contado. Ya tienes tu argumento. Ahora es cuestión de escaletarlo. Como digo, no elimines nada, todo lo que te han dicho, hasta aquello de “no estoy seguro, pero a lo mejor estaría bien que el protagonista sea una hamburguesa que habla”, debes incluirlo. Después debes observar todos y cada uno de los beats de la historia como una oportunidad de lucirte. Cualquier cosa, hasta la más horrible, puede dar lugar a una historia fascinante. Piénsalo: “un oscuro monstruo secuestra a una princesa y un caballero armado con su espada viaja en un halcón gigante para rescatarla, venciendo horribles criaturas por el camino, y haciendo nuevos y divertidos amigos”. Este argumento podría dar lugar a la más ñoña, cutre, infantil y tontorrona de las películas... y también a uno de los mayores éxitos de todos los tiempos: “La Guerra de las Galaxias”. “Y, no sé –dice el productor- el monstruo ése al final es el… ¡padre! Del héroe, ¡eso es! Y su nombre podría ser algo como “Padre Oscuro”, pero en otro idioma, tipo “Dark Father”… y para vender peluches de la peli mete en el guión muchos ositos de peluche que hablan”. Es cuestión de saber ver el potencial escondido entre los elementos, por más lamentables que puedan parecer. En serio, prueba a decir en voz alta el argumento de “El Señor de los Anillos”. Resulta bastante lamentable. ¿Y “King Kong”? ¿Unos tipos que viajan a una isla a atrapar a un mono gigante para exponerlo en Nueva York?

Un truco interesante para sacar provecho a estos elementos es darle la vuelta a lo previsible. A medida que nos cuentan la historia nos la imaginamos de la manera “obvia”. Si es un héroe que salva a una princesa nos lo imaginamos con armadura y cuerpo a lo anuncio de Kalvin Klein. ¿Y si es un tipo gordo, feo… y verde? “Y va con su escudero”… que es un burro parlanchín. El cliché dado la vuelta. Eso tiene personalidad y al mismo tiempo cumple con el elemento “héroe que salva princesa acompañado de su escudero” (hablo de Shrek por si aún no habías caído).

Así, a la hora de escaletar y dialogar, mantén todos esos elementos que te han dictado pero busca qué añadir o cómo retorcerlos para hacerlos interesantes. “American Splendor” también es una historia basada en un héroe de cómic, a decir verdad, tiene muchos elementos en común con “Spiderman”, pero aquella consigue resultar tremendamente original y poderosa por la introducción de determinados elementos; por ejemplo: La voz en off es la del auténtico hombre en que se basa la historia (“Éste soy yo, bueno, el tipo que me interpreta, aunque no se parece en nada a mí”). Si te fijas, la historia es lo de siempre, una voz en off diciendo eso de “éste soy yo” pero la introducción de ese elemento le aporta una capa totalmente nueva que deja al espectador maravillado. Eso es lo que tienes que hacer, encontrar esos elementos que hacen que “lo obvio”, “lo de siempre”, “lo trillado” o “lo cutre” se convierta en material fresco y original. A veces nos desesperamos y pensamos “esto no tiene solución, es basura, es imposible sacar nada bueno de este material”. Te equivocas. SIEMPRE hay una manera de darle la vuelta y hacer que la basura luzca como el oro. Y ése es tu trabajo: sacar oro. Si no encuentras el oro, simplemente no estás haciendo tu trabajo. O lo estás haciendo mal.

sábado, 4 de agosto de 2007

Lo que nos preocupa

Cuando en el futuro se analice este época que vivimos, veremos que, como tantas otras, ha habido una serie de temas fetiche para los creadores. Especialmente interesante es observar cómo con la llegada del nuevo siglo –y milenio- hay una tendencia brutal a dudar de la realidad, a poner en cuestión sus límites e incluso su propia existencia. ¿Qué es real? ¿Qué no lo es? Películas como “Matrix” fueron las pioneras, pero el propio resurgimiento de la obra de Phillip K. Dick (“Minority Report”, “A scanner darkly”, “Next”, “Paycheck”...) es ya una pista importante de qué nos preocupa a los hombres de hoy.

Tanto las obras de Dick como sus clones contemporáneos (desde la obviedad de “Abre los ojos” al surrealismo de David Lynch) dudan de lo que es real y de lo que no, lo que es soñado y lo que es imaginado. Porque al fin y al cabo, mientras soñamos, la realidad es el sueño y una vez despertamos esa realidad se esfuma pero, ¿cómo saber cuándo estamos despiertos? ¿O no es recurrente ese sueño en el que, efectivamente, despertamos, nos levantamos de la cama y acometemos las primeras tareas del día para luego darnos cuenta de que seguíamos acostados, soñando? Citando a Alejandro Jodorowsky (de nuevo): Partieron en busca de la Verdad. Encontraron a quien los estaba soñando.

En todo el mundo se sigue esta línea de cuestionar la propia existencia, y lo más preocupante tal vez no sea si toda la realidad es sueño, sino, ¿y si somos el sueño de otro?

Una de esas obras cinematográficas, en este caso procedente de Corea, es “Dos hermanas”. Fue ésta la película que me puso en alerta sobre este fenómeno. Su estructura y premisas eran tan cercanas al cine y a los planteamientos que se estaban haciendo en occidente que me hizo darme cuenta de que al final, en el planeta entero, las preocupaciones son las mismas. Esta película estaba más cercana a “El club de la lucha” o “El sexto sentido” de lo que se pudiera esperar. Curioso.

Y lo que menos me esperaba es que fue esta película la que me dio una idea para una historia. A mí, como a todos mis contemporáneos, también me preocupa el tema y le veo unas posibilidades dramáticas infinitas. La incapacidad para distinguir la realidad auténtica de la realidad inventada (o soñada, o...). Pero pensé que este tema ya se había explorado y se seguiría explorando hasta agotarlo. Así que fue precisamente partiendo de esa base como se me ocurrió darle la vuelta a la fórmula y acabé con aquella idea que terminó deviniendo en la historia de dos adolescentes atormentados (como las dos hermanas de la película) pero desde el punto de vista opuesto al de la cinta coreana.

Se habló mucho en su día de que “El show de Truman” parecía una copia del cortometraje español “Te lo mereces”. Evidentemente no es ninguna copia, sino un fruto de la globalización de la inspiración artística. Ya todos tenemos los mismos referentes (estéticos e intelectuales) de manera que surgen las misma obras. Del mismo modo que Alejandro Amenábar lloró cuando vio “El sexto sentido” mientras preparaba su obra “Los otros”.

“Perfect Blue”, del japonés Satoshi Kon; “Funny Games”, del alemán Michael Haneke; “Más extraño que la ficción”, del suizo Marc Foster... no, la cosa no es importación de yanquilandia. En todo el planeta se respira esta preocupación.

Globalización de la inspiración.

jueves, 2 de agosto de 2007

Cita

Friedrich Nietzsche

La igualdad hace disminuir la felicidad del individuo, pero abre la vía para la ausencia de dolor del inferior.

La familia


El filósofo chileno Alejandro Jodorowsky es de esos pensadores que hasta que no haya muerto no obtendrá el debido reconocimiento. Mientras, los que conocemos quién es y qué hace reflexionamos a veces sobre sus ideas.

Dejando aparte la calidad de su cine, bastante lamentable en algunos casos, hay un pensamiento sobre todos los demás de los que propugna Jodorowsky que sí llama poderosamente mi atención. Y es cómo todos estamos poderosamente influenciados por nuestras familias, lo que él llama la psicogenealogía. Para mí, un determinista convencido, esto es sin duda un caramelo demasiado bueno para dejarlo pasar.

En efecto, la suma de las vidas, vivencias y personalidades de todos los miembros de nuestra familia, desde nuestros bisabuelos a nuestros hermanos, determina en su totalidad tanto qué somos como qué seremos.

El distanciamiento que siempre he practicado hacia mi familia no es fruto de un impulso repentino, ni siquiera de una decisión meditada. Es lo que debía ser, y punto. ¿Qué se puede esperar después de crecer en el seno de una familia donde el abuelo materno se pasa años peleado con sus hijos mientras la abuela paterna se la pasa haciendo chantaje emocional y todos los hermanos andan enfrentados unos con otros (por poner dos ejemplos de disfuncionalidad familiar)? Bueno, así visto la verdad es que parece el perfil medio de cualquier familia del mundo. Y tal vez lo sea.

La última desventura de este engendro de familia es digna de tv-movie barata: resulta que mi abuela está en las últimas, enferma y sin movilidad (a su edad, lo normal). Mi madre, que es bastante pesadita, se pasa el tiempo cuidando de ella, cosa que irrita a mi abuelo (no me pregunten por qué), el cual interpone una demanda contra mi madre, por la que el juez decreta una orden de alejamiento. Sí, en efecto, mi madre tiene una orden de alejamiento de mi abuela. ¿Puede ser más patético? ¡Sí! Sigamos. Para cargarse de razón ante el juez, mi abuelo (el que demanda) usa como testigo a su hijo, el cual atestigua que mi madre vejó, insultó y amenazó a su madre (mi abuela). Por supuesto, él no fue testigo de nada de esto puesto que nada de ello sucedió realmente (como él mismo reconoce en una conversación telefónica que mi hermana grabó pero que no sirve como prueba ante ningún juez). Y ésta es sólo una de tantas amenas anécdotas con las que me deleitan mis familiares de cuando en cuando.

¿Es de extrañar ante semejante panorama que yo sea un tipo retraído, solitario, descastado? Tal vez yo lo tenga fácil, puesto que me ha tocado una familia de circo de la que es fácil sacar conclusiones. Pero piense en sus familiares, en todos ellos, en las relaciones entre ellos y con usted, y seguro que empieza a entender cosas acerca de sus comportamientos y hábitos de vida.

Somos lo que mamamos.

Amén.

martes, 31 de julio de 2007

ARDO

Piel...
Así empieza.
Obscuro,
Oscuro.
Cuando ardo (cuando ardes)
la piel se resquebraja.
la sangre fluye a través de
los poros.
Intenta liberarse,
por fín.
No duele,
pero ver la sangre
como una nueva piel
que sustituye
a la de siempre.
te hace gritar.
. . .
¡Cosas del ánimo!
. . .
Y yo me río.
La sangre, como líquido que es,
va cayendo...
... cae.
Pero debajo no hay nada.
La piel que esperas que aún se conserve
bajo el nuevo armazón líquido
ya no está ahí.

Ya no hay nada.
Sólo sangre.
Que fluye, libre (al fín),
y se escapa.
Gritas... para que no se vaya.
¡Que no te deje (que no me deje)!
Pero la sangre,
que disfruta del aire (por fín)
que nunca antes ha respirado...
huye, huye, huye, huye, huye, huye, huye, huye, huye, huye,
Y debajo no deja nada que te proteja
del calor...

Obscuro.
Oscuro.
¿Qué?
¿Grita?
Yo me río.
La sangre se va.
Tu sangre huye.
Mi sangre se escapa.

Y ya no queda NADA.
Así acaba.
(Oscuro.)

Los dioses de nuestra sociedad (año 2007)

Sustentamos nuestra existencia, todo lo que somos desde que nacemos hasta que morimos, en cuatro seres superiores. A ellos rendimos pleitesía, en ellos basamos nuestras acciones, en ellos nos miramos, a ellos aspiramos, a ellos veneramos. Y cuando morimos, lo hacemos pensando en ellos. Que ninguno de ellos exista no merma nuestra capacidad para adorarlos por encima de todas las cosas (por encima de nosotros mismos).

Son los siguientes:

Dios: el gran demiurgo, el que marca la pauta de toda nuestra existencia, todo lo que podemos y no podemos hacer y aquello que debemos hacer.

Santa Claus: nuestros anhelos, nuestros deseos. Existen gran variedad de Santa Claus (desde el ratoncito Pérez a la Lotería Primitiva) pero todos cumplen la misma función: conseguir que no nos cuestionemos el miserable presente que vivimos con la esperanza de un futuro mejor, repleto de regalos y risas (jo, jo, jo).

Ronald McDonald: el consumismo auspiciado por un liberalismo que, curiosamente, a pesar de ser más insostenible y peligroso que el marxismo, le ganó la partida a éste. En efecto, si vamos a Malasia podremos comer en un McDonald’s. Si vamos a Cuba no... pero claro, por eso es un país enfermo, pobre y donde vive El Hombre del Saco. Cuando podamos pedir un McMenú en la Habana, dejarán de ser los malos.

Mickey Mouse: el mundo del espectáculo (póngale usted su nombre favorito: fútbol, toros, cine, reality shows...). Lo importante es que estemos entretenidos, que no miremos fuera de la pantalla, no sea que no nos guste lo que veamos y tengamos otro mayo del 68. Pues le reto: retire un rato la mirada de la pantalla. Bah, ya sé que es incapaz. Cuando dejar de mirar una (la del ordenador, la del televisor), es para mirar a otra (la del móvil, la de la PDA).

Si quiero ser sincero, admito que de todos estos dioses mi favorito es Mickey Mouse. Al menos él me hace reír.

Venecia

Llegaba yo a casa una calurosa tarde de verano y me pongo a escuchar los mensajes del contestador. Sólo había uno. Y en italiano. Como no soy muy dado a mantener conversaciones en dicho idioma, la cosa, como poco me extrañó. Tras escucharlo un par de veces, me pareció entender algo del “Festival de Cine de Venecia”. ¿?

Llamé a mi amigo y jefe de prensa del cortometraje para comunicarle que había recibido una ininteligible llamada desde Italia, por si él sabía algo. No sabía nada, claro. Pero a los cinco minutos me volvió a llamar él:
- Oye, ¿cuánto hace que no abres el correo electrónico que abrimos para el corto?
- Pues... bastante.

¿Para qué mirar el correo electrónico de un cadáver? Las necrológicas nunca me han apasionado, y mucho menos las cartas de rechazo de los Festivales de Cine. Pues bien, en el correo electrónico hacía varios días que se acumulaban los correos del Festival de Venecia. Lo habían seleccionado para ser proyectado allí.

Llamé a Venecia para confirmarlo. Así, entre el italiano, el español y el inglés me enteré de que llevaban varios días intentando ponerse en contacto conmigo porque les interesaba proyectar el cortometraje dentro de una sección experimental denominada “Nuevos Territorios”. O los italianos tenían un gusto pésimo, o tal vez el corto no estaba tan mal como yo empezaba a pensar (la posterior selección en festivales importantes me acabó convenciendo de que el corto, efectivamente, merecía por lo menos un aprobado). Llamé a todo el mundo. Y cuando digo todo el mundo no es un eufemismo. En ocasiones como ésta es cuando te dedicas a llamar a todo el mundo para darles la noticia, aunque sea gente que te caiga mal (me atrevería a decir que, especialmente, a estos últimos). Tras mandar todos los impresos por mail, comprar los billetes para Venecia y realizar todos los trámites, comenzó una campaña en los medios de comunicación que yo nunca habría ni imaginado que algún día podría protagonizar. Resulta que de España sólo iban a Venecia un par de trabajos españoles, y uno de ellos era el nuestro. Eso, unido a que en verano, aparte de las olas de calor (ese año se pusieron de moda los “golpes de calor”) no hay muchas noticias, motivaron el inusitado interés de la prensa nacional por nuestra participación en Venecia. Pasamos algunas semanas de locos: de la redacción de un periódico, a la pecera de una radio, al plató de una televisión.

El teléfono sonaba a todas horas, si no era la SER, era alguna otra emisora de radio que quería que entráramos en directo para hablar de nuestro logro. Y es que era todo un logro, hacernos un hueco el mismo año en que el director del festival de Venecia decía que había habido poca participación española porque nuestro cine estaba “en crisis”... y nosotros exhibiendo nuestra peliculita en la misma sección donde se proyectaban los últimos trabajos de Oliver Stone o Jonathan Demme. Qué cosas.

El viaje a Venecia así como la estancia allí es justo lo que te imaginas. Tanto la organización como el resto del festival en general funcionaba a las mil maravillas. Yo que incluso he trabajado en algún festival de cine, debo decir que de lo mejorcito en festivales de cine. La proyección fue de una calidad tan alta que ni siquiera nosotros imaginábamos que nuestra obra se podía ver o escuchar tan bien. Nuestro cortometraje se proyectaba con dos piezas más, y justo cuando acabó la proyección de la nuestra (que iba la segunda) el público (de una sala gigantesca) empezó a aplaudir. La cuestión es que en la puerta nos esperaban de Antena 3 para hacernos una entrevista así que una vez acabado lo nuestro nos levantamos con la intención de salir fuera para acudir a la cita. Pero el público se pensó que nos levantamos para seguir recibiendo aplausos, así que vivimos un momento tremendamente incómodo cuando nos levantamos y el público siguió y siguió aplaudiendo.

Aquello apareció en todos los medios nacionales e incluso internacionales e hizo que muchos festivales que nos habían dado el “No, gracias” ahora se interesasen por nuestra pequeña obrita experimental. El año siguiente nos lo pasamos de festival en festival, comiendo gratis y durmiendo en hoteles mucho mejores que aquel en el que me declaré hacía ya unos años.

Fue precisamente en Venecia donde el productor, que vino con nosotros, nos propuso la idea de realizar otro cortometraje, éste más ambicioso y complejo que el primero, y que finalmente realizamos con –creo- bastante menos suerte y acierto que esta primera obrita.

Pero eso es otra historia, y ya hablaré de ella más adelante (si me acuerdo).

jueves, 12 de julio de 2007

El Hotel

Hasta la fecha se puede decir que las mujeres no habían sido un problema para mí. Quizás por la razón de que han sido pocos los objetivos que en mi vida me he marcado en ese sentido. Yo siempre he estado más preocupado por un sinfín de cosas antes que por las mujeres, lo cual no las hacía un elemento imprescindible en mi vida. Pero claro, como para todo el mundo, imprescindible no quiere decir necesario. De modo que como mis escarceos eran pocos, también eran pocos mis fracasos, con lo cual mi nivel de éxito con las mujeres era bastante alto. Sin embargo, el tema de mi nuevo objetivo estaba empezando a indigestárseme, llevaba ya nueve meses de intensos trabajos y aún los frutos no aparecían.

Decidí coger el toro por los cuernos, como suele decirse. Iba a emplear un arma definitiva que esperaba no me fallase, iba a tener que invertir mucho en ello, pero estaba convencido de los resultados. Ninguna hembra humana (o de otra especie) se hubiese podido resistir a mi último as.

Me hice con las Páginas Amarillas y busqué en la H: Hoteles. Junto a cada uno observaba el precio de las habitaciones, con lo cual no tardé en descartar los de cinco estrellas. Pero algunos de cuatro podían entrar dentro de mis posibilidades y, a fin de cuentas, era sólo una estrellita menos, ¿qué diferencia iba a haber? ¿En unos iba a haber cama y en los otros no? Llamé, al azar, al primero que aparecía y pregunté por el precio de las suites... ¿y de las habitaciones corrientes? Reservé una para el sábado. Todo tenía que ser una sorpresa, de modo que disimulé durante toda la semana mientras recapacitaba sobre cómo iba a hacerla ir hasta el hotel sin que se diese cuenta del embolao. No se me ocurrió nada. Llegó el sábado y yo no tenía ni idea de cómo la iba a camelar para que llevase ropa de baño (por la piscina, claro, ya que iba en el precio, había que usarla) a algún sitio indeterminado. Por otro lado, yo no tenía ni coche ni permiso de conducir, ni ella tampoco, así que, además, debía convencerla de que cogiese el autobús adecuado que la dejase en la puerta del hotel. Aquello empezaba a augurarse como otro desastre más a apuntar en mi brillante currículum de catástrofes.

Pero no. Esta vez no. Cogí el teléfono y la llamé. Le dije lo primero que se me ocurrió, que cogiese ropa de baño y me esperase en la parada del autobús número 2. A sus preguntas le respondí... sin responderle. Mi ingenio no estaba muy boyante en aquellos momentos y no sabía qué inventarme así que, ¿para qué inventar nada? “Tú ve”. Y fue. Supongo que le picó la curiosidad.

Al vernos en la parada, ella seguía haciendo preguntas y yo sin responder. Estaba muy escamada, ¿adónde la llevaba en autobús y con un bikini en el bolso? Empecé a meditar sobre la situación y la verdad es que era bastante lamentable. Visto así, los dos en un autobús regular de línea, de pie porque no quedaban asientos y ella con un bikini arrugado en el bolso, la cosa no empezaba de forma muy cautivadora que digamos. En fin, esperaba que las cosas cambiasen al llegar al Hotel en cuestión.

Una vez nos bajamos del autobús, éste no dejaba precisamente “en la puerta del hotel”, sino a diez minutos de caminata del mismo. El romanticismo de la situación se podía equiparar al de un bocata de calamares, pero quería albergar la esperanza de que todo se solucionase.

Y llegamos al sitio. En fin, balbuceé alguna explicación para mi atrevimiento deseando que no me diese un bofetón por atrevido y me dejase plantado. No lo hizo. Entró encantada. La verdad es que el sitio era una pasada: el hall era amplio y lujoso, adornado con motivos florales exóticos, cascadas artificiales y todo tipo de pijadas semejantes. Exploramos la estancia cual Paco Martínez Soria recién llegado del pueblo a la gran urbe con su gallina a cuestas. Era obvio que nos movíamos por allí como dos marcianos, rodeados de personajes enchaquetados, con maletines más caros que el piso en el que yo vivía y señoritas sacadas de los pósters centrales del Playboy. Pero allí estábamos, tan encantados. Tras dar alguna entusiasta vuelta por el recinto atrayendo más de una mirada de algún empleado tentado de echarnos a patadas, me acerqué a la recepción y pedí la llave que tenía reservada. Se encontraba en la segunda planta, y el ascensor era de esos con vitrina transparente a través de la cual puedes ver el suelo alejarse de ti mientras subes. Creo que bajamos y subimos por el susodicho unas cinco veces, alucinados de la tontería (recordemos que ambos teníamos 19 añitos... qué monos).

Una vez en la puerta de la habitación ya alucinábamos por el mero hecho de que la llave no era tal, sino una tarjeta. Y ya dentro, para qué contar: hilo musical, temperatura graduable... acabábamos de dar un salto al siglo XXII, por lo menos. Ella estaba entusiasmada, pero nada comparado con el placer que yo sentía ante mi inminente victoria.

Debido a la aventura del autobús y a mi indecisión, llegamos al hotel cuando ya anochecía, de modo que bajamos al restaurante a cenar.

El restaurante era del todo normal y corriente, aunque en aquel momento hubiéramos jurado estar en el Waldorf Astoria. Todo nuestro glamour se vio claramente reflejado en el plato que pedimos para cenar: espaguetis con tomate. Dado que ella no había dicho en su casa que no iba a aparecer en toda la noche, le dejé mi móvil (ella no tenía, otro detalle que a mí me pareció otorgarme puntos) para que llamase a su madre, que se quedó tan perpleja como ella cuando le explicó la causa de su demora.

Como yo ya estaba lanzado me salté las pocas dosis de sentido común que aún albergaba dejando en el restaurante una propina de 1.000 pesetas (aún no había llegado los euros, fíjese si me he hecho mayor), cosa que jamás he vuelto a hacer en mi vida y que en su momento pensé me otorgaba mayor señorío. Hoy sólo siento que me otorgó estupidez, como es natural.

Tras la glamourosa cena y mi subsiguiente acto de estupidez, subimos a la habitación. Como ya dije, dejarse un riñón en la cuenta de un hotel de lujo, a priori, es como comprar todas las papeletas de la tómbola. Pero, como suele sucederme a mí, la tómbola estaba cerrada. Vamos, que no coló. Disfrutamos de lo lindo de aquella habitación, vaciamos el bar, utilizamos todas las mantas... pero no salí de allí con mi ansiado “sí, quiero”. Y me había costado un ojo de la cara.

Por la mañana temprano fuimos a desayunar nuevamente al bar, donde yo ya no dejé ni un céntimo de propina y, después, a la piscina. No me apetecía nada bañarme, especialmente después de mi fracaso, pero el chapoteo iba incluido en el precio, así que no iba a salir de allí sin hacer uso de él. La piscina estaba vacía a excepción de nosotros dos, lo cual hizo más agradable la estancia. Ella estaba encantada (a ver si no) y yo, en parte también, a fin de cuentas, había disfrutado de todos los lujos que me podía ofrecer aquel hotel.

Tras el remojón, recogimos nuestros enseres y nos marchamos de allí, era domingo y teníamos un programa de radio que hacer por la tarde, el mismo programa de radio que casi un año antes había sido mi inútil tapadera, igual que ahora lo era aquel Hotel.

La moraleja de todo esto es que ligar cuesta un ojo de la cara y la masturbación es gratis. Supongo. Yo qué sé.

viernes, 29 de junio de 2007

Vuelta a España

Mi regreso a España vino acompañado de muchos y repentinos acontecimientos que yo apenas era capaz de procesar. Por un lado, una productora de televisión se interesó por mi trabajo y, además, de encargarme escribir los diálogos de un largometraje, me tuvieron trabajando en series y otros proyectos a lo largo de un año. Fue así como empecé a trabajar en el cochambroso mundo de la televisión.

Al mismo tiempo, animado por todos a mi alrededor tras mi triunfo en Inglaterra, me presenté por primera vez en mi vida a un premio teatral. Lo que hice fue enviar cinco de mis obras a una convocatoria para jóvenes autores. Yo en absoluto albergaba la más mínima esperanza de ganar ni las migas, no olvidemos que en Inglaterra podía mentir, pero aquí mi trabajo hablaba por mí, y éste no mentía.

Pues bien, con aquel premio descubrí no mi valor artístico como autor teatral, sino la escasez de buenos autores jóvenes. No sólo me dieron el primer premio, sino también el segundo y el tercero. Una pasada.

Aquella noche fue una especie de sueño. La ceremonia de entrega era al más puro estilo “Hollywood”: dos señores abrían un sobre, decían un nombre y el dueño de dicho nombre bajaba por una escalera acompañado por la ovación del público (absolutamente hipócrita, puesto que el 90% de aquel público estaba compuesto por los otros autores que se habían presentado al premio y veían como se lo arrancaban de las manos). Así, tuve que bajar hasta tres veces, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Definitivamente, o el jurado tenía muy mal gusto, o el nivel teatral era verdaderamente penoso. La semana siguiente me la pasé yendo a todos los medios de comunicación locales, concediendo entrevistas en las que yo respondía algo y luego leía algo parecido a lo que yo había dicho en las páginas de aquellos periódicos (no sé por qué, nunca escribían literalmente lo que yo decía, cosas de la creatividad periodística, supongo).

Pocos meses después me dieron otros dos premios, en ese caso al mejor programa de radio sobre cine y al mejor programa de televisión sobre cine. Imagino que nadie más se presentó a aquellos premios porque, de lo contrario, no encuentro explicación.

En fin, una racha de suerte de la que yo esperaba despertar. Como yo no estaba llamado para el teatro, puesto que seguía sin gustarme (al menos, en mi país), decidí aprovechar todo aquello para empezar a meter la cabeza en el mundo audiovisual.

miércoles, 20 de junio de 2007

Madrid

Llegó el día. En el tablón de anuncios estaba la lista con los admitidos. Del casi centenar de aspirantes, sólo quince entraría ese año en la especialidad de Dramaturgia. Y mi nombre aparecía en la lista.

Todos los que comprobaban que habían sido admitidos estallaban en gritos de júbilo. Sin embargo, mi primer pensamiento al ver aquello fue el de cómo coño iba a poder costearme la matrícula y la estancia en Madrid durante todo el curso.

Pensé que aquello sólo había sido una prueba ante mí mismo: lo había conseguido, sabía que era capaz, era posible que incluso sirviera para esto de la Dramaturgia, pero eso era todo. Ahí acababa el asunto. Jamás podría estudiar allí. Al menos, no aquel año. Me informé de si me guardarían la matrícula y me dijeron que sólo hasta el próximo año. En fin, mi aventura en Madrid parecía haber terminado.

Pero no fue así. Para poder pagar mi estancia en Madrid durante todo el curso, así como la matrícula y todos los demás gastos, mis padres se metieron en deudas que –entonces no lo vieron venir- dañarían seriamente su economía y los haría pasar por bastantes penurias en los años venideros. Sin embargo, en lo que a mí respecta, aquellos préstamos me procuraron uno de los años más inolvidables de mi vida.

Cuando uso el término “inolvidable” puede sonar como algo positivo, pero sólo fue así en parte.

A nivel académico, intelectual, cultural, en fin, si la pregunta es si aprendí mucho aquel año, entonces estaríamos hablando del curso más productivo de mi vida estudiantil. Lo que saqué de aquella escuela no lo había encontrado jamás en ningún otro lugar, ya se llamase Bachillerato, COU, Escuela de Arte Dramático, Conservatorio o lo que sea. No se trataba sólo de teatro, sino de una cultura artística general que, además, sabían inculcar de forma muy inteligente en nosotros los alumnos. Allí descubrí nombres que se convertirían para mí en referentes artísticos para siempre: Leni Riefensthal, Fritz Lang, Samuel Beckett, René Magritte... y aprendí a profundizar en otras figuras que ya conocía, e incluso admiraba: David Mamet, Harold Pinter, Miguel de Unamuno... Fue durante aquel curso que por primera vez leí la “nivola” “Niebla”, que asistí a una exposición expresionista, que vi la película “Olimpia”, o que descubrí al para mí más impresionante novelista que jamás he leído: Franz Kafka (ya había leído antes La “Metamorfosis”, pero su impacto en mí había sido el mismo que mostrar a un niño de cinco años una lámina de Kandinsky). Además, escribí mucho, muchísimo, y cosas bastante interesantes –además de otras que cuyo único hueco en el mundo que encontraron fue el cubo de la basura.

En el terreno sentimental, personal, vamos, que si la pregunta es si me lo pasé bien aquel año la respuesta es un rotundo “No”. Para empezar apenas pude mantener contacto, salvo el telefónico con mi novia y hasta entonces único apoyo emocional en mi vida (pero ya dije que de ella hablaré más adelante con detenimiento). Lo que ocurre es que creo que no llegué a adaptarme bien a aquella endemoniada ciudad tan gris, veloz y finolis. Todo el mundo parecía tener un afán enfermizo en aparentar: aparentar amabilidad, cultura, sencillez, cordialidad... y todo a la vez. Todo el mundo pretendía ser mejor que el que estaba a su lado o, al menos, ésa es la impresión que a mí me dieron. Apenas pude congeniar con algunas personas y amigos, lo que se dice amigos, no se puede decir que hiciera muchos.

Por si todo esto fuera poco, mi afán creativo se vio gratamente alimentado cuando un grupo teatral amateur me llamó para que adaptase y dirigiese para ellos una versión de Macbeth. Puse mucha ilusión y mucho empeño en ello, dedicándoles muchas horas de mi tiempo y muchas energías. No voy a entrar en detalles porque me resultan bastante vergonzosos y penosos, pero les diré que, después de todo esto, me dejaron completamente tirado (y sin cobrar, dicho sea de paso).

En fin, ¿diversión? Nula. Madrid no es en absoluto una ciudad divertida, aunque sí que es muy cara, discriminatoria, aburrida, snob, y así podría estar mucho tiempo enumerando, pero mejor lo dejo.

Fue casi a final de curso cuando mi vida comenzó a girar de forma inesperada. Una llamada telefónica comenzó lo que sería una estela de acontecimientos que derivarían en el punto de giro definitivo de mi vida.

El primero fue una llamada del Centro Andaluz de Teatro. Yo ya había tenido mis contactos con el director de este centro gracias sobre todo a Antonio, mi profesor de Dramaturgia, que me había empujado a llevar algunos de mis textos. Resulta que una de las instituciones teatrales más importantes de Inglaterra, el Royal Court Theatre, organizaba todos los años un encuentro de dramaturgos de todo el mundo. A este encuentro acudían destacados escritores teatrales y directores de escena de numerosos países de todo el mundo con el fin de intercambiar impresiones, discutir y, en definitiva, aprender unos de otros. Pues bien, el Centro Andaluz de Teatro me había seleccionado para formar parte del encuentro de ese año. Había muchas reticencias por parte de la coordinadora inglesa del Royal Court puesto que, de entrar en el grupo, sería el participante más joven en la historia de estos encuentros. No era una decisión que debiera tomarse a la ligera. Tras varias conversaciones telefónicas con esta mujer y una vez hubo leído con detenimiento mi trabajo tanto en castellano como en inglés, mi nombre entró a formar parte de la lista.

Ése sí que fue un mes provechoso, en todos los sentidos. Londres era lo diametralmente opuesto a Madrid: una ciudad abierta, cosmopolita, donde se respiraba inteligencia, cultura, donde las gentes no sólo tenían sentido común, sino que lo ponían en práctica. Llegué a sentir verdadera envidia de los londinenses, por vivir en una ciudad tan maravillosa. Yo ya había estado un par de años antes y ya me había encandilado aquella urbe, pero en esta ocasión terminó de enamorarme.

Pero esta historia merece un capítulo aparte...

martes, 29 de mayo de 2007

Las cosas marchan bien

Yo daba muestras de ser el peor actor del mundo. Pasé el primer curso con algunas asignaturas que aprobé, por los pelos y por lástima, en septiembre. Durante el primer curso yo dedicaba más tiempo a escribir que a prepararme las escenas que debía interpretar o los ejercicios que había de preparar. Así me fue. El segundo curso fue un infierno, que se agravó con el hecho de que me entró una bronquitis terrible que me hacía estar todo el día tosiendo y con dolores de garganta, lo cual para asignaturas como Voz, Canto o Interpretación era una delicia.

Pero en este curso mi profesor de Dramaturgia era el mismo que el año anterior me había impartido la asignatura de Literatura Dramática y ya conocía mis inclinaciones (de hecho, fue en su asignatura, aparte de Música, donde mejores notas obtuve). Ese año fue el definitivo: los escritos que realizaba para el curso, además de los que yo escribía por mi cuenta y que, a petición suya, le entregaba para que los enjuiciara, parecían gustarle. Y mucho. Hasta tal punto que una tarde llamó personalmente a mi casa:
-¿Te interesaría participar en el taller de escritura Dramática que imparto? –me soltó directamente, dejándome sin palabras.
-Claro que sí, el problema es que yo no sé si podré costearlo.
-De eso no te preocupes, si te interesa apúntate y olvídate del dinero. El trabajo que hacemos en clase no es suficiente para ti, estás desperdiciando tu potencial de esa manera, y a lo mejor si le dedicas más tiempo puedan surgir cosas interesantes.
Me quedé de piedra. Finalmente yo quedé exento de pagar la matrícula y las cuotas. Y es que Antonio (que así se llamaba... y se llama) quería trabajar conmigo porque, como más tarde diría él mismo, me veía como “una flor en el desierto”. Descartado el aspecto físico (Antonio no era, ni mucho menos, homosexual), deduje que, tal vez, posiblemente, a lo mejor... yo había nacido para ser escritor.

Tras finalizar el taller, durante el cual nacieron dos obras teatrales que más tarde habrían de servirme de trampolín definitivo, decidí abandonar la Escuela de Interpretación e intentar entrar en la Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, en la especialidad de Dramaturgia.

Había algunos problemas que hacían que esta decisión se me hiciese harto difícil. Por un lado estaba mi pareja (de la cual aún no he hablado pues dedicaré a ella y a nuestra historia un capítulo aparte), que estudiaba en la Escuela de Arte Dramático de Sevilla, lo cual supondría una separación prolongada y, muy posiblemente, dolorosa. Por otro lado, el dinero de la matrícula. En aquella época yo atravesaba una situación económica lamentable, y los gastos de alojamiento y manutención ya iban a ahogarme bastante como para que no pudiera hacer frente al gasto de la matrícula.

De todas formas, habría de dar el primer paso, y éste era realizar las pruebas de ingreso. Si no las superaba, simplemente no había nada que pensarse. Tras pagar las pruebas (hasta eso se pagaba, cosa que yo no entendía puesto que si no las superaba, ¿por qué había pagado yo realmente, por pasar un mal rato y después volverme a mi casa?).

Como soy bastante poco abierto y poco o nada sociable, apenas crucé alguna palabra con los otros aspirantes. Me mantuve todo el tiempo apartado, solo, nervioso, leyendo y releyendo mis apuntes para la primera prueba, que consistía en un comentario de texto de algún autor del Siglo de Oro. Me tocó una escena de “El castigo sin venganza”, de Lope de Vega.

La teoría sobre el Barroco español, que yo había memorizado como el Padrenuestro (bueno, este es un mal ejemplo, ya que soy ateo convencido, pero ya me entienden), la clavé perfectamente, pero no conseguía reconocer de qué obra se trataba y, por tanto, también desconocía el autor. Empecé a sudar. Leía y releía la escena una y otra vez, pero no había manera de recordar a cuál de las mil obras que me había leído durante el verano pertenecía. La había pifiado en la primera prueba. Definitivamente, no iba a entrar en la Escuela, de modo que ya no debía preocuparme por el dinero. Seguí releyendo la escena una y otra vez, pero era inútil, aquello podía ser perfectamente de Tirso de Molina, Calderón o Lope de Vega... estaba perdido. Entonces pensé que, si no podía identificar el autor y la obra, al menos debía escribir algo acerca de la escena: los personajes, la acción, la estructura... por entonces yo ya tenía un dominio bastante alto de la carpintería dramatúrgica, fruto no sólo de clases y talleres sino, sobre todo, de mis muchos escritos hasta la fecha y la lectura de montones de obras teatrales. Así, me puse analítico al máximo y, a falta de concretar la obra y el autor, escribí páginas y páginas analizando minuciosamente la pequeña escena que tenía ante mí. Examiné cuidadosamente los personajes, sus motivaciones y objetivos, su conflicto, estrategias y transformación, la estructura de la pieza, sus puntos de giro, clímax, detonantes, ¡todo! Al final, fui de los últimos en abandonar la sala y uno de los que más escribió. Y ello a pesar de no decir en ningún momento de qué obra se trataba ni quién era el autor.

Al salir me enteré de la obra y el autor. Lo trágico del asunto es que, según me dijeron después, tanto lo uno como lo otro estaba escrito al pie de las páginas del examen.

La segunda prueba consistía en escribir una escena corta a partir de unas fotografías que nos entregaban. Nos encerraban a todos en la biblioteca del Centro, nos entregaban las hojas en blanco y un par de horribles fotocopias en las que apenas se distinguían un par de manchas. Una de las mías mostraba a un adolescente con muy mala pinta (no sé si la mala pinta era real o fruto de la infame fotocopia), y éste me inspiró mi escena. Eché mano de mis habilidad para los diálogos frenéticos y encadenados y escribí una escena que apenas recuerdo, pero que estaba llena de gritos, violencia y mucho sexo. Justo lo que se espera de los escritores jóvenes. Recuerdo que partí de unos diálogos graciosos que poco a poco iban evolucionando hacia la brutalidad extrema. De vez en cuando paraba para cuadrar la estructura y que la escena no se me fuese de las manos. En esta prueba fui de los primeros en abandonar la sala.

Escribí mi escena con mucha rapidez, como casi siempre lo hago. Normalmente, cuando escribo, el proceso suele ser de dos formas: o bien estoy bloqueado y me resulta imposible escribir una sola sílaba por más que me esfuerce, o bien sucede todo lo contrario, escribo a una velocidad endiablada, prácticamente sin separar los dedos del teclado desde la primera a la última palabra, como si un enanito muy listo se sentase en mi hombro y comenzase a dictarme las cosas al oído. Aquella mañana, afortunadamente, se dio el segundo caso. El único problema es que debía escribir con bolígrafo, cosa que no hago desde mi época en el instituto, por lo que mi letra resulta una suerte de jeroglífico imposible de descifrar a menos que me esfuerce mucho en hacer inteligible cada letra, lo que resulta un auténtico coñazo.

La tercera prueba era una entrevista personal. Aquella fue la peor de todas. ¿Si digo “Inquisición” qué imágenes se te vienen a la cabeza? Pues más o menos las mismas son las que han de asociar con aquella “entrevista personal”.

Hacían pasar a una sala donde tres señores con corbata y cara de ser muy listos, muy cultos y muy aburridos se sentaban tras una mesa. Delante, a un par de metros, una triste y desolada silla para los entrevistados. Primero te miraban los tres, cada uno con una expresión: estaban el poli bueno, el poli malo y el poli gilipollas. Y entonces empezaban las preguntas. Las primeras eran sencillas, aunque tramposas, del tipo “¿Y por qué has elegido este y no otro camino?”. ¿Qué se contesta a algo así? La respuesta estándar que todo el mundo sabe es la de “Porque siento en mi interior una fuerza y una vocación imposibles de contener que me dicen que éste, y no otro, es mi verdadero destino”. O algo así. Pero yo no sabía si soltar esta chorrada o la verdad: “No tengo ni idea. He probado muchas cosas: solfeo, guitarra, interpretación e incluso ajedrez. Y ahora me han dicho que lo mismo si tiro por aquí me va bien. Pero es posible que no pueda ni pagar la matrícula, con lo cual esta entrevista no tendría sentido alguno y yo sólo estaría perdiendo el tiempo con ustedes”. Ya sé que soy muy previsible, pero finalmente opté por la primera, y es que ya he dicho antes que soy un mentiroso y muy mala persona. Luego venían las preguntas del tipo “Autor teatral favorito”, “Último espectáculo teatral al que asististe”, etc. Yo, nervioso como estaba, recuerdo perfectamente mi respuesta a una de las preguntas. Me dijeron a qué teatro de Sevilla solía ir, y yo me quedé en blanco, escuchando que de mi boca salía la frase “A ninguno”. Estaba atónito, ¿de verdad acababa de decir aquello? Intenté arreglarlo:
-A ninguno en particular, vamos, que voy a todos.
Y seguí estropeándolo aún más:
-Es que en Sevilla, realmente, hay pocos teatros.
Pero espera que aún podía empeorarlo:
-Vamos, no es que haya pocos, hay pocos que valgan la pena, por eso yo normalmente voy más al cine.
Y, como guinda final:
-Pero vamos, que de vez en cuando voy al teatro.
Era totalmente cierto, eso sí, yo iba infinitamente más al cine que al teatro... pero es lamentable que un mentiroso compulsivo como yo le diese mil vueltas al asunto para, al final, decir la verdad.

Salí desolado. Mi actuación había sido soberbia, si de verdad no quería pagar la matrícula y volver a casa. Si yo hubiese sido miembro de aquel estrado, jamás me hubiese permitido poner un pie en aquella Escuela. Ni de visita.

Justo cuando me encontraba en uno de los pasillos, tirado en el suelo meditando sobre si algo de lo que había dicho en aquella sala podía salvarse y aún existía alguna esperanza, se me acercó un tipo con una grabadora. Era de una radio local y estaba entrevistando a los aspirantes a entrar en aquella escuela. Se acercó a mí y se presentó, y la verdad es que me hizo ilusión que me entrevistaran para salir en la radio. Si se trataba de una emisora importante y yo decía algo coherente, podría llegar a oídos del jurado y, a lo mejor, mis posibilidades se incrementaban. Sé que suena ingenuo, pero juro que fue el pensamiento que cruzó mi mente en aquel momento, tan desesperado estaba. Lo que yo no sabía es que, como casi todo en mi vida, aquella situación iba a dar un giro verdaderamente surrealista. El chico me preguntó, con toda la originalidad de que era capaz, qué me había impulsado a presentarme a las pruebas de acceso a la Escuela. Entonces yo, más tranquilo y con la mente más lúcida, empecé a soltar una perorata sobre la atracción que en mí ejercía la escritura y otras patochadas semejantes. Entonces el reportero, en mitad de una frase mía, paró la grabadora. No le interesaba nada de eso. Él esperaba hacer un reportaje al estilo de “Fama”, y yo le salía con bobadas sobre literatura. Pensaba que yo era un aspirante a actor y que estaba allí para hacer las pruebas de Interpretación. Menudo chascó se llevó cuando descubrió que yo era del grupo de los aburridos y soporíferos aspirantes a Dramaturgos.

Pero lo peor fue que el tipo insistía en que quería el punto de vista de los aspirantes a estrella, los futuros actores, y me pidió que le contestase como si yo fuera un actor. Me dejó helado, ¿por qué no iba y buscaba a los actores de verdad? Pues no, en contra de toda lógica permaneció allí, delante de mí, apuntándome con su grabadora y pidiéndome que contestase a sus preguntas como si yo quisiera entrar allí como actor. No vi otra salida para librarme de él más que acceder a sus peticiones. En resumen, acabé saliendo en una emisora de radio hablando sobre mis pretensiones de llegar a ser un gran actor y debutar algún día en el María Guerrero... o formar parte del cuerpo de gatos del musical “Cats”. Patético.