sábado, 12 de enero de 2013

Problemas idiomáticos



  Ahora que Cataluña se va a erigir como república independiente absolutista o algo así, no paran de hablar en la televisión de la cuestión idiomática. Sí, los catalanes tiene su propio idioma, que es como el español si lo hablas con mucha saliva en la boca y se te hubiera dormido la lengua.

  Pero la cuestión idiomática no es sólo cosa de catalanes. De eso nada. Yo soy de Andalucía y también padezco ese problema, lo he padecido desde siempre. Los andaluces tenemos nuestro propio idioma, que también es como el español, pero saltándote letras al azar ("cansado" es "cansao", "chiquillo" es "quillo", y así). Por más que digan, un andaluz que sale de Andalucía es como un catalán que sale de Cataluña (o un madrileño que entra en Cataluña): debe aprender el idioma autóctono o se arriesga a no entender ni ser entendido.

  La primera vez que uno de mis mejores amigos salió de Andalucía con destino a Madriz (que es como se dice la ciudad en su idioma natal) fue uno de esos casos.

  Llegamos en AVE por la mañana temprano, y ya el entrar en un bar a desayunar le sirvió a mi amigo para darse cuenta de que los andaluces hablamos un idioma bien distinto al de la capital del reino. Yo le pedí al antipático camarero (sobraría el adjetivo pues en Madriz todos los camareros son antipáticos, pero como esto pueden estar leyéndolo andaluces, lo incluyo de todas formas), un café con leche y un bollo. Vamos, el desayuno madrileño estándar de pedir en los bares, porque yo ya había estado viviendo en la ciudad más de un año y conocía el dialecto local. Mi amigo, que lo desconocía, se pidió "un manchao y media con mantequilla".
  La petición, de lo más normal en Sevilla, hizo que el camarero reaccionara como si le hubiera pedido radio enriquecido y deutoronomio al baño María. Y es que, obviamente, el camarero no hablaba idiomas. Tras preguntar y mi amigo repetirle la petición el camarero le espetó todo lo amablemente que pudo (en una escala de amabilidad del 1 al 10 un camarero estándar madrileño obtendría un -15. Este señor raspaba el aprobado):
  - ¿Un manchao qué es?
  - Una leche manchada -respondió mi amigo sin darse cuenta de que su respuesta realmente abría más el abismo entre ambos.
  - ¿Manchada cómo?
  - Con café.
  - Ah, o sea, un café con leche.
  Y yo, conteniendo la risa. El camarero sigue:
  -¿Y media qué?
  - Media tostada -mi amigo ya empezaba a intuir el problema idiomático del que llevo hablando todo el rato.
  - Pero cómo media, ¿cojo la rebanada de pan bimbo y la corto por la mitad?
  - ¿No tiene otro tipo de pan?
  - No.
  Y mi amigo, viendo que esto de viajar al extranjero le empezaba a venir demasiado grande le dijo que vale, que hiciera lo que quisiera y le pusiera cualquier cosa para desayunar. Al poco, apareció el camarero con mi desayuno y el de mi amigo: un vaso con un líquido de extraño color y una rebanada de pan bimbo requemada con algo de grasa untada encima.
  La cosa es que, mientras desayunábamos y comentábanos la singular experiencia, atestiguando mi compañero que jamás podría vivir en aquella ciudad, el camarero se nos acerca y le pregunta a mi amigo:
  - ¿Qué? ¿Está bueno?
  - Buenísimo -dijo mi amigo con más sorna que convencimiento.

  Hoy en día en Madrid es algo más fácil desayunar algo digno, pero tampoco mucho. Y si no, prueben a entrar en un bar de buena mañana y pedir "un manchao y media".

3 comentarios:

Fran dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fran dijo...

Pues sí, después de vivir 8 años en Madrid puedo dar fe de que todo eso es cierto y se cumple en cada rincón de esa ciudad con cara de boniato. Cuando mi amigo Ignacio pidió media tostada en un bar en Madrid, el camarero le preguntó: "Y...¿qué hago con la otra mitad?" Pero corría la leyenda urbana entre andaluces que residíamos allí que en Lavapiés había un bar en el que te entendían, que les pedías un desayuno como lo harías en Sevilla y te entenderían, e incluso te lo pondrían. Por desgracia jamás nunca nadie me supo decir dónde estaba exactamente el bar...

Jose F. Ortuño dijo...

Es verdad, lo había olvidado, pero yo también he escuchado alguna vez responder a un camarero eso de "Y...¿qué hago con la otra mitad?". Ay, es lo que tenemos los extranjeros...